Sat, 12 / 2018 4:04 pm | thuanleseo
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¿Qué añade Juan José Doñán a la crítica y la comprensión de un personaje complejo y de una gran riqueza como Luis González de Alba? Nada, lamentablemente. Ningún comentario le merece el testimonio más importante sobre el movimiento estudiantil del 68, Los días y los años, pero sí los alcances “más bien modestos” de su literatura de ficción. Nada sobre su labor de traductor y poeta, incluso de compositor, aunque se permite párrafos chatarra como éste: “En ciertas temporadas, cuando no era aquejado por las frecuentes recaídas que tuvo en su salud, se le veía en el teatro Degollado, asistiendo a algún concierto, o eventualmente en la presentación de algún libro suyo o de equis persona cercana a su afecto e intereses personales”. Es un artículo en el que proliferan los reproches y donde únicamente le interesa marcar su distancia: el líder del 68 se volvió de derecha, y yo, impoluto, sigo en la gesta contra la corrupción y el caudillismo —el de Padilla, no el del Peje—. Otro párrafo innecesario, más propio de Paty Chapoy o Yordi Rosado: “No se sabe que alguna de las universidades asentadas en la capital jalisciense lo haya invitado a impartir algún curso, o de que hubiera recibido alguna propuesta de las instituciones culturales de la comarca. Guadalajara era sólo la ciudad en la que vivía y punto”. No se sabe… es decir, ¿qué sabe el propio Doñán, qué sabe de la vida de González de Alba aparte de chismes y murmuraciones? ¿Qué sabe de por qué no aceptaba invitaciones a dar conferencias, salvo contadas excepciones?

Doñán acusa también a González de Alba de haberse dejado consentir por jóvenes funcionarios panistas —del área de cultura, aunque esto no lo dice— y hasta, horror, de haber aceptado un homenaje —en la Feria Municipal del Libro de Guadalajara, que tampoco menciona. Lo que menos le interesa a Doñán es matizar, prefiere estigmatizar a esos jóvenes —ya no tanto— como derechistas sin más, desdeñando lo poco o mucho que pudieron hacer en la gestión pública o lo que piensan de su propio partido —al que varios de ellos ya abandonaron—, de la diversidad sexual, del aborto, de la corrupción.

Con este artículo Doñán se desacredita a sí mismo. De ser un crítico persistente de las corruptelas de funcionarios locales y un historiador esencial de Jalisco, su trabajo como articulista es cada vez más periférico, más parroquial, más insular —de ahí que escriba poco o casi nada sobre Peña Nieto, como sí se lo exige a González de Alba;su texto sobre él, escrito desde esa izquierda cerril y engañabobos, es soso y con un veneno falsamente resignado y adjudicado a terceros: “en opinión de algunos”. Personalmente, y por varias razones —como su condescendencia ante una fallidísima Historia del periodismo cultural en México, de Humberto Musacchio— me apena que alguien tan talentoso esté recalando en las orillas de la crítica.

Luis González de Alba está muy lejos de ser un personaje perfecto, ideal, como quisieran sus numerosos detractores, la mayoría de ellos fieros vociferantes en esas cloacas en que se han convertido las secciones de comentarios de casi todos los medios electrónicos, pero también algunos que con medias verdades y mentiras rotundas no han querido dejar de expresar su opinión a la muerte de uno de los intelectuales más lúcidos y honrados de este país, uno que no tuvo ningún reparo en señalar la incongruencia de los santones de la “izquierda” mexicana. Braulio Peralta, en su artículo “No me olviden” del pasado 10 de octubre en Milenio, dice que le publicó El sol de la tarde a González de Alba porque se lo pidieron Ángeles Mastretta y Carlos Monsiváis ——quien acuñó la frase “Braulio Peralta, el amigo que a nadie le hace falta”— al ver a un Luis enfermo y debilitado por el VIH y con 39 kilos de peso. González de Alba amenazó con demandar a Peralta por la pésima edición de ese libro, plagado hasta con 500 erratas, por lo que fue retirado de la circulación. Peralta no se ruboriza al calumniarlo: defendió la pederastia, fue misógino, “vociferó” contra el “propio movimiento estudiantil, o los 43”; “Hizo dinero con los bares gay”, escribe, pero no menciona que en uno de ellos González de Alba empezó una de las primeras campañas contra el sida. “Por sus libros nadie lo recordará”, dice venenosamente alguien cuyos libros nadie recuerda sobre alguien que ha publicado libros que son una referencia para comprender una parte fundamental de la historia contemporánea de México. Y no, Braulio, Luis no se fue enojado, como escribes.

Tan sólo un par de muestras de una “crítica” cada vez más vacua. La verdadera crítica no puede prescindir de un contenido, de una propuesta intelectual. Esto es mala leche, resentimiento, el izquierdismo más marrullero disfrazados de crítica.

Este es el texto de Juan José Doñán: “González de Alba, ave de tempestades”

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